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Frankenstein - Análisis Psicológico


La frase de Guillermo del Toro que mejor engloba su versión de reciente es "Curioso, como uno termina siendo el héroe y villano de su propia película", ya que captura la esencia de la dualidad de la creación y el creador, donde la monstruosidad es subjetiva y nace de las circunstancias, la soledad y la falta de empatía, un tema central en la historia y sobre la belleza de lo roto y la creación de monstruos a través de la ignorancia. 

La creación del mito moderno,

la vida dada por un padre que fabrica pero no cría, que engendra sin sostener.

No hay madre ni biológica ni simbólica tampoco hay apego. La psicología del monstruo comienza allí, en el nacimiento no recibido. Su primer encuentro es el rechazo su primer aprendizaje es el temor. El yo emerge no por naturaleza, sino por la observación del otro.

Hay un instante en que la vida despierta y no encuentra a nadie que la sostenga. Un momento en que la mirada que busca reconocimiento solo se encuentra con el vacío, y cada gesto de ternura que intuye se convierte en un reflejo de lo que no puede tocar. Esa es la soledad en la que nace la criatura de Guillermo del Toro. Abre los ojos por primera vez a un mundo que no lo esperaba, un mundo que no sabe cómo recibir su fragilidad. Su existencia comienza en el silencio, con el corazón latiendo en la conciencia de que está solo, y con la sensación de que todo lo que observe, todo lo que toque, será espejo de la ausencia que lo definirá. Cada gesto humano que percibe es espejo de lo que le fue negado, y cada rechazo que sufre se imprime en su conciencia, moldeando la esencia de su identidad.

En la versión de del Toro, las manifestaciones de trauma y locura en Victor Frankenstein se centran en la herencia del abuso paternal y la culpa por la muerte de su madre, lo que genera un ciclo de violencia e inmoralidad.

Víctor, como narrador y creador, encarna la fascinación por el poder de dar vida, y al mismo tiempo la incapacidad de asumir el vínculo afectivo que toda creación requiere. Huye, evade la mirada de su criatura, niega la responsabilidad que le corresponde, y en cada gesto que omite repite patrones de abandono que atraviesan su propia historia. La relación entre creador y criatura se establece desde la ausencia, construyendo un vínculo imposible, un espejo en el que ambos reflejan sus heridas y repiten sus traumas. Cada acción de Víctor, cada gesto de negación, es replicado emocionalmente por la criatura, mostrando que la verdadera tragedia no está en la creación ni en la violencia, sino en la falta de cuidado y atención que define los vínculos primarios.

Me detengo a que veamos la diferencia entre la novela de Shelly y la versión del propio Guillermo del Toro

La otredad es el eje que sostiene la fuerza trágica de Frankenstein, tanto en la novela de Mary Shelley como en la versión cinematográfica de Guillermo del Toro, pero en cada caso adquiere un rostro distinto. En el original, la alteridad se encarna en la criatura,un ser rechazado desde el primer instante por la brutalidad de su apariencia, condenado a convertirse en “el otro” absoluto. Su deformidad no solo lo margina, sino que lo expulsa del mundo humano antes de que pueda siquiera comprenderlo. Ese rechazo, repetido una y otra vez, forja en él una conciencia dolorosa, una necesidad de afecto imposible de colmar y, finalmente, una furia nacida de la soledad y el abandono. Shelley sitúa así la otredad como una frontera externa, visible, marcada en la superficie del cuerpo y proyectada sobre la mirada social.

Del Toro, desplaza la otredad hacia el interior del creador. Víctor Frankenstein ya no es únicamente un científico obsesionado, sino un hijo herido que carga la memoria indeleble de la violencia paterna. En su película, el verdadero “otro” es Víctor mismo, un ser que intenta escapar de la sombra de su propio trauma y que, al dar vida a la criatura, no hace sino reproducir el patrón de abuso que lo marcó. La alteridad se vuelve entonces un juego de espejos, criatura y creador reflejan la misma herida, la misma fractura moral. La distancia entre ambos se reduce al mínimo, como si uno fuese el eco condenado del otro. Y, sin embargo, en este universo, asoma la posibilidad de la reparación, la criatura deja de ser solo un monstruo para convertirse en el catalizador que obliga a Víctor a confrontar su propia oscuridad.

En resumen, Shelley describe una otredad social, la monstruosidad que el mundo proyecta sobre aquello que no comprende. Del Toro, en cambio, redefine el concepto y lo vuelve íntimo, el monstruo no es el diferente, sino aquel capaz de infligir daño, y la criatura, antes excluida por su apariencia, se transforma en un puente hacia la redención del hombre que la creó. Así, mientras la novela interroga el miedo humano a lo distinto, la película indaga en la herencia del dolor y en la tenue línea que separa víctima y victimario, dejando abierta la posibilidad de un final más luminoso.

El primer encuentro de la criatura con el pensamiento y la emoción humanas ocurre a través de la literatura. Entre objetos olvidados descubre un libro, Paraíso Perdido de Milton. Al abrirlo, la criatura no solo encuentra palabras, descubre un espejo que refleja su origen, su dolor y su abandono. Encuentra líneas que parecieran escritas para él

?Acaso te pedí, Creador, que del barro me modelaras hombre?

¿Te rogué yo que me sacaras de la oscuridad a la vida?

Esto resume el núcleo clínico, la escena del ciego se convierte en el único espacio de posible integración, el ciego simboliza la mirada no proyectiva, donde la sombra puede ser reconocida sin juicio.

En ese instante se produce un despertar emocional profundo. La criatura se reconoce en Adán, el primer hombre que abre los ojos al mundo con inocencia y curiosidad, pero también percibe la sombra de Satanás, el excluido, el condenado a vagar sin pertenencia. Esa lectura revela su herida original, el haber sido traído al mundo sin deseo ni cuidado, la imposibilidad de un vínculo seguro desde el comienzo. A partir de allí, cada gesto humano que observa,la ternura, la solidaridad, los afectos familiares, funciona como espejo de lo que le fue negado y de lo que podría haber sido. Cada rechazo, cada incomprensión, profundiza su dolor y consolida la construcción de su identidad emocional.

Los monstruos que persiguen a Víctor y a la criatura tienen un significado doble. No son solo amenazas externas, sino manifestaciones de los miedos internos, de los recuerdos no resueltos, de la culpa y de los patrones repetidos. Representan los fantasmas de lo que fue negado, de lo que se omitió enfrentar, de aquello que exige ser mirado para poder ser superado. La persecución por estos monstruos es, en realidad, un viaje hacia la conciencia emocional: enfrentar el abandono, confrontar el miedo, reconocer la herida. La criatura y Víctor caminan entre ellos, no solo físicamente, sino en cada pensamiento, cada emoción, cada decisión que toman frente a la repetición de sus traumas.

La construcción emocional de la “criatura” se desarrolla observando y aprendiendo de la humanidad que lo rodea y que nunca le pertenece. Cada intento de acercamiento, cada gesto amable que percibe, es espejo de lo que nunca tuvo, y cada rechazo reafirma su soledad y su desesperanza. Víctor, en su incapacidad de sostener la vida que creó, refleja los mismos patrones que él mismo arrastra y que la criatura internaliza, mostrando cómo los vínculos rotos se repiten y perpetúan. La repetición no es solo acción, es emocional, psicológica, una lección de dolor que guía cada gesto y decisión de ambos. Así, la soledad y la ausencia se convierten en maestros silenciosos, enseñando la fragilidad y la fuerza que se esconden en cada ser.

El clímax emocional se produce en la confrontación final. Víctor muere, y la criatura queda sola frente a la evidencia de lo que nunca fue sostenido. No busca venganza. Reconoce la pérdida, acepta la imposibilidad de reparar los vínculos y comienza un proceso de perdón propio. Permite mirar su sufrimiento, reconocer la herida que lleva y aceptar que, aunque no tuvo cuidado de otros, puede mirar con claridad su propia experiencia y comprenderla. Este perdón es terapéutico, la criatura suelta la furia y la culpa que ha cargado, y se abre a la liberación emocional!

Mary Shelley inscribe una de las preguntas más antiguas de la humanidad

?qué ocurre cuando la criatura refleja con demasiada claridad la fragilidad del creador?

La poesía del relato emerge en esta simetría cruel, dos seres que anhelan amor y cercanía, pero que naufragan en sus propias inseguridades. Víctor, aislado por el orgullo de quien teme mostrarse vulnerable; la criatura, aislada por la violencia del rechazo físico y moral. Ambos desean lo mismo, ambos huyen de lo mismo. Son dos entes que se acercan, pero nunca se tocan en el momento adecuado. Esa es la tragedia, no la monstruosidad física, sino la imposibilidad afectiva.

Sin embargo, en ese doble abandono hay una verdad que resuena más allá del laboratorio y del mito, toda criatura humana o hecha de retazos busca un rostro que la miré sin horror. Frankenstein es la historia de lo que sucede cuando ese rostro falta. Del Toro lo sabe y subraya, la belleza trágica no está en la ciencia desbordada ni en el cuerpo ensamblado, sino en la soledad compartida de dos seres que se reconocen demasiado tarde.

Así, el relato se convierte no sólo en una advertencia moderna sobre los límites éticos de la creación, sino en una elegía sobre la fragilidad emocional.

Un creador que quiso vencer a la muerte termina descubriendo que lo único que no pudo fabricar fue lo que más necesitaba, un vínculo.

Una criatura que nació buscando amor termina convirtiéndose en lo que más temía, la sombra del abandono.

Ambos, al final, no son dios ni demonio, ni héroe ni villano.

Son, simplemente, dos variantes de una misma herida.

Un Adán sin Edén. Un creador sin autoridad.

Dos soledades reflejándose en el mismo cristal roto.

El barco encallado en el hielo simboliza este cierre. El hielo representa la soledad, la rigidez de la herida, la congelación del dolor y la repetición de patrones. El barco es tránsito, es liberación, es señal de que el proceso ha concluido. La criatura ha atravesado su dolor, confrontado sus traumas y alcanzado un punto de reconciliación consigo misma. Su viaje termina, no con venganza ni violencia, sino con la posibilidad de soltar, de dejar atrás la repetición de la herida y de aceptar la propia existencia con toda su complejidad.

La frase de Byron que Del Toro retoma para cerrar la narrativa encapsula esta experiencia:

“El corazón, si no se rompe, se endurece.”

Ese corazón roto define la verdadera naturaleza de la criatura. No es monstruo; es sobreviviente de la indiferencia, de los patrones de abandono, de la negación de los vínculos. Su dureza no significa pérdida de sensibilidad, sino supervivencia y conciencia de sí mismo. Mantiene la memoria de lo que pudo haber sido, la capacidad de sentir y la comprensión de la importancia de los vínculos, aunque muchos se hayan negado. La película nos recuerda que la verdadera tragedia no está en la creación ni en la violencia física, sino en la incapacidad de sostener emocionalmente aquello que se engendra, en la repetición de los patrones de abandono, y en la posibilidad de encontrar perdón y liberación personal que marca el cierre de un proceso de duelo y autoconocimiento.

Víctor y la criatura, perseguidos por sus fantasmas internos y por los monstruos que encarnan sus miedos y culpas, son espejos uno del otro. Cada gesto fallido, cada vínculo negado, cada intento de ternura frustrado, amplifica la conciencia de lo que significa ser vulnerable y estar solo. Pero la película muestra que la conciencia, la aceptación y el perdón propio pueden liberar del hielo de la repetición, cerrar el ciclo de dolor y permitir que el corazón, aunque endurecido, siga reflejando la necesidad de conexión, la memoria de la ternura y la posibilidad de ser completo, a pesar de todo.

Del Toro convierte la historia en un viaje psicológico y emocional profundo, un relato de vínculos, espejos, abandono, aprendizaje, perdón y liberación. Da la oportunidad de escucharse ambos las dos voces, cada uno con su propia versión. La criatura, al final, no es un monstruo, es un ser que atraviesa el dolor, reconoce sus heridas y, finalmente, se libera, llevando consigo la memoria de la soledad, la fuerza de la resiliencia y la certeza de que incluso el corazón más roto puede abrirse a la vida, sin embargo aún con el perdón, la herida y la memoria seguirán vivas, la criatura sale caminando hacia el sol, deambulará

con su vacío y soledad.

Así, mientras la novela interroga el miedo humano a lo distinto, la película indaga en la herencia del dolor y en la tenue línea que separa víctima y victimario, dejando abierta la posibilidad de un final más luminoso?

Diálogo final :


Y aquí estamos exhaustos y acabados, no nos queda más ni que dar ni que recibir.

Sangro, padezco, sufro.

Lo ves? No terminará nunca.

Vic le toma la mano

Lo

Lamento!

El arrepentimiento me consume.

Y ahora veo mi vida tal como fue!

Tú te irás ahora, creador!

Morirás!

Todo será solo un momento

Mi nacimiento, mi aflicción,

Tu perdida

No me castigarán ni me absolverán

La esperanza que tenía, la ira,

Todo eso es nada.

La marea que me trajo aquí ahora viene para llevarte, y me deja a la deriva.

Se ven a los ojos

Perdóname!

Hijo mío

Y si tu corazón lo permite, perdónate para existir realmente.

Si la muerte es imposible, ten esto en cuenta hijo mío!

Mientras permanezcas vivo, que más puedes hacer sino vivir.

Vive

Di mi nombre

Mi padre me dio ese nombre y no significaba nada, Ahora te pido que me lo devuelvas por última vez, como lo decías al principio. Cuando significaba todo para mí,

Víctor te perdono!!!!!

Y le da un beso en la frente.

Ahora descansa padre, quizá ahora ambos podamos ser humanos.

El capitán abre la puerta para que pueda salir

Empuja el barco

Estamos libres!!!!

Guillermo del Toro insiste siempre en un tema central:

“El verdadero monstruo no es el que parece monstruo, sino el que es incapaz de amar.”

Por eso al final humaniza

Quien está libre?

 
 
 

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