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Día de la Amistad - Mina Weil

Un privilegio encontrarnos!

Mina Weil — Novelista y cuentista italiano argentino israelí.

Novela: “El último día”/”The Last Day” 

Mina Weil nació en Montefalcone, Italia en 1926. En 1936 a causa de la persecución fascista contra los judíos,a su familia emigrada a la Argentina. Con el esposo Alfredo, vivió un tiempo en Nueva York y en Londres. En Buenos Aires, nacieron sus cuatro hijos, plantó varios árboles y, ya en Israel donde se radicó a fines de 1989, escribió cuentos y esta novela. Fue el presidente de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana, órgano representativo ante la Federación de Escritores de Israel.

El último día       

Fragmentó de la Novela

Fatídico fue para los judíos de Italia el año 1938. La demencia hitleriana atravesó los Alpes. Sin encontrar obstáculo, anidó en el delirante del fascismo, dando publicamente a luz una Italia racista.

La judería italiana fue, a través de la palabra escrita, vapuleada, burlada, arrastrado, en el barro de la ignominia. La agresiones impresas se tornaron diarias.

Estábamos atrapados, zarandeados dentro de una burbuja que rodaba hacia destino ignota, se agrandaban y podía estallar en cualquier momento.


Esperábamos ansiosamente noticias de papá. Por razones obvias iba a escribir a casa de Norma. La carta llegó. Con su letra menuda y redonda papá había llenado varias hojas. Por unos días cambió el color de nuestra vida y se suavizó un poco el entrecejo de mamá,

“Buenos Aires es bellísima”, escribía. “Se respiraba libertad hasta por los poros. La gente es amable y aparentemente hay abundancia. En cualquier restaurante un pobre recibe, sin siquiera pedirlo, un plato grande de sopa y pan fresco. El pan es exquisito. Hay abundancia de trigo. Argentina es el granjero del mundo”. .

***

Ya no faltaba mucho tiempo. Teníamos fecha de partida. 12 de diciembre con vapor “Oceania”.

Mamá astutamente, hizo correr el rumor de que salíamos desde el puerto de Génova. El puerto era otro. Lo sabíamos solamente ella y yo.

Los días huyeron y robaron mi último octubre italiano.

***

Había estado guardado, durante años, en un estante del lavadero. Mamá sacó con mucho cuidado la funda empolvada de la pequeña y resquebrajada valija de cartón, reprimió un estornudo, y muy lentamente levantó la tapa.

Un talit con penetrante olor a lana vieja, gastado y amarillento.

Un Sidur de hojas tan delgadas que se hacían polvo al tocarlas.

Un Majzor un tanto en mejor estado.

El libro Der Judenstaat de Theodor Herzl y un enorme cantidad de folletos sionistas.

Un resto de vela de Havdalá envuelto en un pañuelo que alguna vez fue blanco.

Una gorra de gabardina gris con el forro deshecho.

–Es aquí donde guardó tu padre su sueño jaluziano.

Fue colocando cada cosa tal cual la había encontrado. Lo hizo con delicadeza con que se toca un flor que se va perdiendo sus pétalos.

–Espera aquí. Enseguida vuelvo—me dijo.

A los pocos minutos volvió con dos candelabros de plata que usábamos en Shabat y papel de diario.

Se arrodilló, arrugó un poco el papel. Envolvió cada candelabro con una hoja.

Eran las primeras páginas de las ediciones de la mañana de los diarios del 2 y del 3 de septiembre.

–No se darán cuenta que son los diarios que salieron con el decreta de las leyes raciales. ¡Hay que guardarlos! Será tu misión, Anna, mostrarles algún día a tus hijos Les contará—Sus ojos cálidos y acuosos se clavaron en los míos para grabar el mensaje.

–No se si tendremos la capacidad de perdonar. ¡Olvidar jamás!—pronunció este jamás con los dientes apretados y los puños cerrados.

Ersillia tenía razón cuando dijo: “Chiquita pero con la fuerza de un gigante”.

La bisagra chirrió. Cerró la valija. El clic de la cerradura oxidada guardó con el sueño de mi papá, también nuestra historia.

La envolvió en una toalla de lino blanca, como se viste un Séfer Torá. La colocó sobre la pila de sábanas y mantas—Aquí hay lugar para tu violín–dijo.

La tarea de empacar seguía. No había tiempo ni para lágrimas, ni para lamentos

***

Temido pero también ansiado, llegó el día. Bajamos las seis persianas del departamento. Seis ojos cerrados que no nos verían partir.

Recorrimos los amplios cuartos desiertos y fríos. Acariciamos sus paredes. Aspiramos por última vez su aire, para no olvidar el aroma. “Olerá a encierro si no lo habitan pronto”, pensé.

Ya íbamos a bajar cuando mamá de pronto, se golpeó la frente con una mano y exclamó: — ¡La Mezuza! ¡Casi la olvidamos!—Sacó de su cartera una pequeña lima de uñas. Forcejeando un poco logró sacar los dos clavitos. Fue un desgarro que sentimos en los más profundo. La mezuzá dejó su marca en la puerta de entrada. Será la señal que grite: “ Sépanse que aquí vivió un judío”.

Bajamos la escalera. Despacio, muy despacio, palpando la tersura de la vieja madera del pasamanos.

Las piernas parecen no responder a la orden de marcha.

La cuerda que nos ata se estira. . .no se rompe todavía.

Una tijera invisible logra finalmente cortarla.

Los pies parecen ahora más livianos. . .libres.

Una última mirada hacia atrás. La casa no se mueve, soy yo la que se aleja.

La ciudad se esfuma. Ya es recuerdo de mañana.

Estamos en el camino de montaña. Abajo está el mar. Trieste a la vista

***

Antes de subir a bordo, tuvimos que pasar por Aduana. Verificaron cuanto dinero llevábamos.

A mamá le hicieron pasar a una habitación que parecía un consultorio médico, y cerraron la puerta.

Me encontré sola, desamparada, frente a una mujerona de guardapolvo blanco, que sin decir una palabra, desabrochó mi abrigo. Me lo sacó con brusquedad.

Yo estaba asustadísima. Metió las manos en todos los bolsillos. Me hizo sacar los zapatos. Los revisó muy de cerca con sus ojos miopes. Me palpó por todos lados. No sé qué buscaba. Nada encontró. Me hizo abrir la boca y sacar la lengua. Se la saqué con fuerza y de buena gana.

–No me duele la garganta—le dije secamente.

–¿Tienes novio?

–No tengo—le contesté. No quise, pero me puse colorada.

–Está bien. . .cuando salga tu mamá, puedes irte.

Apretó mi brazo. Me detuvo—Un momento, señorita—dijo con su tono militar—no revisé tu carterita. ¿Qué hay aquí?  A ver. . . iba diciendo en voz alta lo que sacaba:  Pañuelo…lápiz, un libro de tapa roja. . . _–Lo abrió y preguntó con cierta ironía–: ¿Es chino?–¡No! Contesté enojada—es hebreo. Es mi Libro de Oraciones. ¡No lo toque!  ¡Démelo!—Me lo devolvió.

–Supongo que está bien –dijo, torció la boca. Dio media vuelta. Fue a controlar a otra jovencita, seguramente tan asustada como yo.

Mamá salió abotonando su vestido. Estaba lívida. Apretaba fuertemente los labios. Señal de que nunca contará.

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